que, siendo la vida el mayor de los regalos posibles
que el universo le otorga al ser humano
-un milagro irrepetible, le gustaba decir a mi padre-
y el único medio que tenemos para
intentar dejar una huella que trascienda
el efímero lapso donde fuimos
algo más que un simple cúmulo
de materia inerte e indeterminada
lo que a veces te acaba empujando, sin embargo
a tomar la decisión de quitártela
-cuando ya estás hasta el culo de ella-
no sea nada en absoluto trascendente
ninguna profunda cuestión de índole filosófica
sino algo tan simple como puede ser
caer en la cuenta, de pronto
de este pequeño detalle:
que podrías, por primera y única vez en los más de 50 malditos años
que llevas empinando el codo
zamparte un galón completo de jaks daniels, tranquilamente
y ponerte hasta el culo de borracho
sin tener que preocuparte lo más mínimo
por las desagradables secuelas de tu exceso
una cosa así de simple:
poder zamparte impunemente y sin el menor reparo
como si fueran agua
los vasos llenos a reventar de whisky
eufóricamente consciente del hecho
de que sin embargo no tendrás que vértelas
a la vuelta de unas pocas horas
con la insoportable realidad de siempre:
ningún dolor taladrando tus sienes, ninguna almohada vomitada
ni el menor rastro de culpa por haber vuelto a recaer
en las abominables garras del vicio
ningún estéril lamento porque te cortaron la luz
y las putas cervezas en el refri están calientes
ningún acerbo autoreproche, en fin
por ese último e imperdonable descuido en que incurriste
al haberte olvidado de dejar
-antes de tragarte los 40 diazepanes en la madrugada-
una puta notita para hacer saber al mundo
el postrer mensaje con que habías pensado despedirte:
vayan todos y chinguen a su puta madre
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