martes, 20 de diciembre de 2016

un viaje


aquella vez que cogí el coche a mediodía
y manejé por horas
-contento, alegre, desenfadado-
a lo largo de la carretera que bordea la costa
hacia el norte
deteniéndome cada dos o tres poblados
a comprar cerveza helada, cigarrillos
y a tirar las aguas;
un bonito día
brillaba el sol
la temperatura rondaba los 30 grados
las palmeras agitaban sus hojas suavemente
yo empinaba el codo a buen ritmo
la cerveza bajaba por mi garganta produciendo un agradable
sonido cantarín
el mar se extendía hacia mi izquierda
como una lámina de metal brillante hasta perderse
en el horizonte
del lado opuesto, hacia tierra, distantes un par de kilómetros
las montañas se alzaban imponentes como guerreros samurais a punto de asaltar una fortaleza
o una pendejada parecida
de vez en cuando yo me ponía a canturrear una cancioncita
o gritaba alguna estupidez, no sé ¡que te den por el culo, beatriz! o
¡soy el último de los mohicanos!
cualquier estupidez; a nadie, ya estaba borracho;
y bueno, resulta que
al tomar una curva un tanto pronunciada, poco antes del crucero de san blas
perdí el control del coche y me salí del carril
justo cuando del otro lado, en sentido contrario
un enorme camión de 18 ruedas venía a mi encuentro como una exhalación
-estos traileros andan siempre puestos hasta el culo de anfetas-
entonces ocurrió una cosa curiosa: el tiempo se detuvo
pude contemplar perfectamente la expresión azorada del camionero
allí sentado en la cabina, dos metros por encima de mí
con las manos aferradas al volante y la boca medio abierta
pude contar cada una de las 8 barras horizontales
que conforman la parrilla característica de un tractor freightliner
pude ver en el espejo retrovisor mis pelos de punta
e incluso pensar "necesito un corte de cabello"
antes de que, repentinamente,
la radiante luz de aquel esplendoroso día se apagara
y su lugar fuera ocupado por una espesa y terrible negrura
invadida por un silencio sepulcral;
que, sin embargo, unos instantes más tarde
se deshizo de forma milagrosa como si nunca hubiera existido
y el maravilloso día soleado retornó de entre las sombras
y otra vez estaba yo sentado al volante de mi destartalado datsun del 71
conduciendo con una mano y con la otra sosteniendo una lata de cerveza
y de nuevo la línea infinita de la carretera se proyectaba ante mí
sin ningún puto gigantesco camión a punto de incrustar su trompa en la mía a través del
marco del parabrisas
"su reputa madre" me dije "soy un puto campeón de la fórmula 1"
y le eché un buen trago a mi cerveza y seguí manejando;
un poco más adelante salió a mi encuentro un letrero de desviación
y una flecha, grande, roja, inconfundible
que indicaba hacia una brecha de tierra que arrancaba al lado de la carretera
y se internaba entre los matorrales y los troncos de algunos cocoteros
rumbo a una zona densamente cubierta de vegetación tropical;
me detuve y metí primera y giré el volante
y me adentré por la brecha a vuelta de rueda;
las palmas de los cocoteros sombreaban el camino
había plátanos y eucaliptos y otras especies de plantas cuyo nombre desconocía
pero todo era muy verde y fresco y agradable
como uno de esos anuncios de "visita nuestras mágicas selvas";
el camino avanzaba en línea recta y casi no había baches
-aunque ocasionalmente remontaba una pequeña cuesta-
por la ventanilla abierta del carro entraba una multiforme variedad de cantos de pájaros
la brisa era dulce y fragante y evocadora
y la atmósfera tenía un... resumiendo: era ese tipo de tardes perfectas
bajo cuyo influjo bien puede uno llegar a pensar
que los viejos amores que en tiempos nos aplastaron los huevos
a lo mejor ni siquiera existieron:
un momento luminoso, eterno
que en realidad duró alrededor de 20 minutos
y que acabó cuando llegué al final de aquel camino
y me encontré frente a un grupo de casitas construidas con hojas de palma
apiñadas en un claro entre los árboles
entonces detuve el coche, apagué el motor, abrí la portezuela
y pensé "quizás vendan cerveza"
al oír salir de una de las chozas las notas de una cumbia de los ángeles azules:
...cómo no acordarme de ti, de qué manera olvidarte...
al oírla me dieron ganas de bailar
aunque fuera a solas, aunque fuera con el aire
-o a lo mejor agarrado a una palmera-
me sentí animado y confiado y lleno de un poderoso empuje animal
eché a caminar siguiendo la música
llegué a una puerta, crucé, entré al jacalón:
el lugar parecía cantina y no valía una mierda
había una barra de cemento a mano izquierda
unas pocas mesas, unas cuantas sillas
y dos tipas que jugaban baraja en una mesa al fondo
gordas, chaparras, feas, viejas
como dos sapos con minifalda y en tacones
-50 pesos por una cogida, cuando mucho-
otra; delgada, joven, tetas enormes,
y hermosa como un dios eyaculando una galaxia,
me hizo una señal desde detrás de la barra para que me acercara
-¿qué hacía un bonbón como ella en aquel puto cuchitril de mierda?-
intrigado, caminé hacia la chica
llegué a la barra, me senté en uno de los bancos
la mujer era todavía más hermosa a 20 centímetros de distancia
su cercanía me la puso tiesa como un riel de vía de ferrocarril en menos de dos segundos
pregunté "¿qué se supone que sea este lugar?"
la chica me clavó aquellos ojos... amarillos
brillantes, incandescentes, arrojaban
pequeñas chispas que flotaban un momento en el aire
antes de desvanecerse sin dejar huella alguna
-por alguna razón me recordó a mi ex-
una serpiente de hielo invisible bajó reptando por mi espina dorsal
y entonces, de aquella boca perfecta,
surgió una voz que me hizo sentir los huevos en la garganta:
"aquí es, querido josé, donde acaba tu viaje:
yo le digo casa, los demás

le dicen infierno..."



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