lunes, 19 de diciembre de 2016

mi mejor navidad


fue una de hace treintaitantos años
que pasé en un pueblo de la sierra madre, una noche helada
tumbado en la acera de la calle que pasa
por la parte de atrás de la iglesia del lugar
sobre un par de cartones que algún vecino misericordioso
nos había dado a mí y al tipo que me acompañaba
y al que había conocido apenas unas horas antes
en el único bar del pueblo, de donde nos habían echado
a las 10 pm sin importarles una puta mierda
que fuese navidad y el frío que hacía y
lo borrachos hasta el culo que andábamos
aunque no sin antes haber tenido la delicadeza de obsequiarnos
-en consonancia con el espíritu magnánimo de las fiestas-
un par de litros del brebaje alcohólico más asqueroso que alguna vez haya tomado
y con ayuda del cual nos pertrechamos el desconocido y yo
contra el frío pelado, la neblina que caía, la sensación de desarraigo
el dolor de no tener nadie que nos echara de menos en un día como aquel
y la triste evidencia de haber quedado reducidos a la mutua compañía
para transcurrir esas horas mágicas fuera del alcance de la habitual pesadumbre
mientras por la silenciosa calle sumida en una difusa oscuridad
rodaban los ecos apagados de voces festivas
gritos de niños, los rebuznos de un burro lejano
y el hombre aquel, con la espalda apoyada en la piedra del muro de la iglesia
me contaba que llevaba ya mil navidades a cuestas
que aquella sería la mil y una, que la anterior
la había pasado metido en una cueva en las montañas al norte de afganistán
comiendo carne con arroz y bebiendo vodka ruso
con la media docena de integrantes de una asociación de ermitaños fundamentalistas
que la anterior a esa lo había pillado en bangladesh
trabajando como recepcionista en un hotel de mala muerte cerca de un río
que la mejor de todas había sido la del año 1499
en roma, invitado por el papa alejandro sexto a castelgandolfo
donde "el salón principal estaba lleno de putas en cueros
y es probable que me cogiera a lucrecia borgia, que andaba por allí con las tetas de fuera
aunque hace ya tanto de aquello que resulta imposible asegurarlo"
que de la gran mayoría no guardaba ningún recuerdo
aunque había una en especial que por mucho que intentara
nunca sería capaz de borrársela de la cabeza
"tengo grabado a fuego en el cerebro
esos cinco minutos de la puta noche del 24 diciembre de 1898
cuando hallándome de pie en la parte central del puente
que cruza el río inn hacia el norte del pueblo de braunau
mientras contemplaba fluir la corriente unos metros más abajo
un chicuelo de unos siete años se detuvo a mi lado
y me preguntó quién era y de dónde venía
si tenía conocidos en el pueblo o si andaba de paso
y por último me dijo que se llamaba adolfo
y que a su padre le tocaba hacer guardia aquella noche en la garita aduanal
al final del puente, ya en la parte de alemania:
estaba así de oscuro como ahora en ese punto del maldito puente
y el pendejete aquel era un enano de apenas un metro de estatura
al que hubiera podido tranquilamente alzar del cuello utilizando sólo una mano
y lanzarlo después por encima del parapeto a las aguas del río
para que el hijo de puta se ahogara como un cerdo;
pero lo único que hice fue pasarle la mano por la cabeza y alborotarle ligeramente el pelo
y decirle eres un buen chico, adolf: y eso fue todo"
a mitad de la madrugada se nos acabó la mierda aquella que tomábamos
y el desconocido se levantó y se puso a mear contra la pared de la iglesia;
cuando acabó me dijo "nos vemos la próxima"
y se alejó luego caminando a través de la niebla que infestaba las calles

y flotaba sobre los tejados de las casas del pueblo, bajando de lo alto de las montañas






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