miércoles, 2 de diciembre de 2015

POBRECITO HABLADOR DEL SIGLO XXI

MIÉRCOLES, 2 DE DICIEMBRE DE 2015

Poética política del desengaño



Una de  las  grandes  tragedias que se pueden llegar a  vivir durante nuestra existencia  es querer a quien no te quiere. Para sobrellevarla  hay varias opciones. La primera consistiría en  descubrir y recopilar  todos y cada uno de los defectos de la persona amada y repetirlos una y otra vez, interiormente, como una letanía,  a todas horas,  hasta convertirlos en la categoría que la defina, en la imagen predominante de un ser deleznable con el que es mejor mantener siempre una prudente distancia de seguridad. De ese modo se puede llegar a  transformar el primer y primario sentimiento de dolor  ante el rechazo del otro   en un repudio visceral hacia aquel  por quien suspirábamos nuestra miseria eterna, a  prueba de cualquier mínima probabilidad de retorno al desengaño. 

Otro buen antídoto para curarnos de humillaciones, desprecios y degradaciones del ego infringidos por quien daríamos la vida se basa en la fórmula clásica de la evasión  hacia otras tierras, en la búsqueda de otros tactos, en la caricia a otras pieles, o lisa y llanamente en la voluntad de  hacer de nuestra vida nuestra santa promiscuidad, sin más afectos que los que proporciona el placer, sin más promesa que la constatación de una noche, sin más amor que el que alberga un adiós en una despedida cordial.

Esta opción, sin embargo, produce  efectos secundarios porque la acumulación de cadáveres en  la inercia de nuestra fuga puede  transformarnos en aquel de quien huimos. Porque una mañana, tras la última cópula, mientras nos miramos al espejo despreocupados, podemos llegar a  descubrir con horror  frente a nosotros la misma imagen de aquel a quien amábamos y que no nos quería. 

Llorar es otra alternativa. Llorar, sin más. Llorar en soledad. Llorar y derramar en el llanto la rabia del ultraje, la incomprensión de nuestro destino, el parangón odioso de la felicidad de los otros, el enigma de nuestro fracaso y la verificación de la dicha ajena. Llorar la indiferencia con que el otro ignora y vive despreocupado ante el sonido de nuestro llanto que quizá se prolongue durante años, hasta que su voz y su imagen se despeñen  en el fondo rocoso de los abismos de la memoria. 

La elección es difícil. Entre otras cosas porque no somos nosotros quienes seleccionamos  el mejor modo de salir adelante cuando  quien queremos nos relega al rincón de la basura. En estos casos la razón suele escurrir el bulto y el dictamen sobre cómo resolver la cuestión, la solución y el alivio a tanto dolor  reside básicamente en el ventrículo  más expugnable del corazón. 

Sin embargo hay quienes se obcecan y tiran de estrategia creyendo que  lo que les sucede se traduce en una mera  cuestión de inteligencia. En este caso, lo más habitual es traicionarse a uno mismo  intentando cambiar de aspecto, de opiniones,  de aficiones, de gustos y hasta de barrio. Quienes optan por este  incierto y tortuoso camino llegan a la conclusión de que  el motivo por el cual ese alguien no les tiene en  estima  no es otro que una serie de carencias genéticas que influyen directamente en su carácter y que han dado lugar al cúmulo de virtudes que atesora pero que no son del gusto del sujeto objeto de su deseo. En esa lógica, si alguien es un Dr. Jekill, debe convertirse por siempre en Mr. Hide; si alguien es Julio Iglesias, deberá transformarse en Iggy Pop; si alguien juega como Messi, celebrará los goles a lo Ronaldo. Y así.

Esta maniobra a veces da resultado pero suele derivarse en frágil  fantasía que a la postre produce secuelas incurables, de manera que el  gigantesco esfuerzo psíquico  que supone impostar  día tras día la propia piel  frente al ser  amado puede que no genere otra cosa más que dolor del alma y depresión múltiple; el menoscabo de uno mismo y el quebranto de la identidad. Si eso sucede, refúgiate en el infierno porque es el único lugar donde podrás mirarte en un espejo y después seguir con tu vida como si nada hubiese pasado. 

Uno de los ámbitos de la vida donde se dirimen este tipo de sentimientos de una manera más explícita es la política, quizás porque la ejercemos personas que hemos sido amadas  y menospreciadas al menos una vez en la vida. Al fin y al cabo la  política es enamoramiento y seducción, la política es flirteo y magnetismo; entusiasmo, esperanza y confianza; ira, miedo, y rechazo. También necesidad y deseo, expectativa y desengaño. Por eso quienes la ejercen, o las organizaciones que integran a quienes la ejercen, están sometidas igual que una pareja de amantes a las leyes irracionales del corazón; a  la lógica de la sinrazón.

La mayor tragedia que puede sufrir  un partido político consiste en  que aquellos a quienes dice defender no solo no le voten sino que voten al otro, al partido que, visto desde su perspectiva, les va a maltratar. No hay mayor drama afectivo en la política, porque revela  que las virtudes, las palabras,  y el color con el que pintamos el futuro  ya no solamente  resulta indiferente al colectivo de  personas a las que te diriges, sino que además recibes el tiro de gracia cuando el abrazo de sus votos ciñe la cintura del enemigo. 

Por todo ello me produce una compasión fraternal ver el puño en alto de los integrantes de la CUP, su disposición y su arrojo, las apasionadas proclamas revolucionarias, la denuncia valiente,  la honestidad y la coherencia del discurso, la invitación perseverante  al idilio, a la mano tendida, al abrazo afectuoso con las clases trabajadoras de Cataluña para fundar con ellas y para ellas la nueva república de la justicia social donde los oprimidos tendrán por fin su momento protagonista en la historia.

Y siento simpatía y conmiseración hacia ellos porque aquellos  que no les quieren -los trabajadores de Cataluña, los desarrapados, los humildes, los precarios, los que no tienen voz-regalan su corazón a otro  que se acerca a ellossolamente cuando hay elecciones; regalan su futuro y su cuerpo a quien les desprecia, nadiesabe por qué misteriosas razones: Porque les gusta más,  porque es más guapo, porque viste mejor, porque su voz es más melódica, porque tiene aspecto de persona decente; quizá porque viene de otros lugares, del lugar donde dejaron sus casas, su familia, su tierra, su cuna, la cuna de sus padres y de sus hermanos.

Aun así, los hombres y mujeres de la CUP siguen con el puño en alto, bien apretado,  perseverando, insistiendo  y   reclamando el voto y el afecto  a quienes  no les quieren, a quienes dicen defender, a quienes  fueron desarraigados, despreciados, desdeñados, vilipendiados, explotados por  tipos que se expresan engolados y altivos con  la misma lengua  y que se arropan con la misma bandera  que  los cupaires  hablan y  enarbolan; por tipos que  cantan el mismo himno nacional, mano alzada, cara al sol, con el pulgar escondido en la palma de la mano, sin que sus compatriotas revolucionarios respondan a ese canto -ya para siempre capitalizado por los poderosos- con la fuerza  del himno internacional de la clase obrera.

 Quizá es que  los trabajadores y trabajadoras de Cataluña, (el objeto del deseo de la CUP)  prefieren que les engañen con la lengua que se habla  en el mismo país del que vinieron  a que les susurren al oído palabras de amor  en  otro idioma; el mismo que hablaba su patrón, el mismo con el que consiguieron marginarles para que se sintiesen  extranjeros en el andamio y en la fábrica  donde  se dejaron el pellejo; en la ciudad donde vivieron; en el colegio donde sus hijos estudiaron. ¿Quién quiere  ser extranjero dos veces en la misma tierra? 

Aunque es posible que todo sea mucho más sencillo y debamos  asumir que  el amor (y la política)  son así, y no haya nada que hacer; solamente dejar pasar la vida hasta que,  llegado el  día, cuando menos  lo esperemos, aparezcaaquel  con el que sintamos la necesidad recíprocade compartir  el resto de nuestros días.

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