jueves, 26 de noviembre de 2015

Pobrecito Hablador del siglo XXI

MIÉRCOLES, 25 DE NOVIEMBRE DE 2015

TomTom



Debajo de la tierra, en el subterráneo, en el lugar donde guardo mi coche, difícilmente se vislumbra el camino. Es como yacer en la tumba. Por eso la señal del satélite no acierta a identificar el objetivo.  Y es que allí abajo es inútil cuestionarse el destino, quizá porque uno se encuentra al mismo nivel donde reposan todos aquellos que cumplieron ya con el suyo. 

Si deseo saber a diario dónde quiero ir, debo remontar la rampa, alumbrar el morro a la calle y, tras ganar la horizontal,  aparcar a un lado para poder pulsar algunas palabras en el teclado del dispositivo. Una vez  nombrado el lugar, desde lo más alto del cielo, desde el rincón profundo y oscuro adonde  nunca nadie ha llegado, se produce la triangulación mágica y es  entonces cuando  la pequeña pantalla que cuelga del cristal me invita a iniciar el recorrido.

Una voz metálica y paciente me convoca a  seguir escrupulosamente sus indicaciones metro a metro. En algún momento desdeño sus consejos y tuerzo a derecha o izquierda haciendo caso omiso a su sugerencia. Sin embargo, sin perder el sosiego, esa voz  sabia procedente de las alturas que me habla como un sirviente, se adecua siempre a mi voluntad y en un instante se adapta a la nueva ubicación para ofrecerme un nuevo trayecto que cumpla con precisión la meta inicial por mí requerida. 

Aunque en realidad todo es una pamema, un juego estéril. Porque cada día, a la misma hora, llueva o hiele, luzca el sol o soplen las nubes, tanto el trayecto como la culminación de mi viaje siempre es el mismo. De hecho, podría prescindir perfectamente de sus palabras, de sus sugerencias precisas,  porque hace ya tanto que ando el mismo asfalto que a menudo, mientras conduzco, me entretengo en  contar las ramas perdidas de los árboles secos, erguidos todavía como estatuas del tiempo en los recodos de las encrucijadas.

Por eso, al poco de iniciado el viaje, anulo  la voz solícita  y aunque sé que desde allí arriba sigue cantando igual que un poeta  el paso siguiente, me reafirmo en mi sordera y me hago a la idea de que el oráculo de mi  camino ha enmudecido. 

Entonces circulo hacia el mismo final cierto de cada día con la ilusión de deambular por vías  desconocidas, porque no hay nadie que me diga que he equivocado el rumbo. Veo mi vehículo moverse en la pantalla y ese dibujo trazado con la simpleza del juguete de un niño me representa a mí  en movimiento, intentando decidir la dirección a tomar en el centro de una bifurcación de dilemas, colmada de oportunidades, mentiras y riesgos.

Soy yo solo en brazos de mí mismo rodando la ruta de siempre entre cuadrículas de calles urdidas, entre tramas de odiseas hiladas. Soy yo solo peregrinando a diario el color de las lineas de un itinerario tejido que dicta inefable a mi vuelta el subterráneo donde guardo mi coche, el destino que nos aguarda, el final de cada camino.

El cuadro es un paisaje del pintor David Hockney


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