viernes, 4 de noviembre de 2016

otro de amor y dolor para aurora


un viejo sentado a la barra
de un jodido tugurio de putas y perdedores
le da de sorbos a un vaso con whisky
y una ocasional calada
a un cigarrillo que entretanto se
muere sin prisas sobre un cenicero
de hojalata lleno de colillas, arrimado a
una servilleta de papel sobre la cual
-de poder echar un vistazo sobre el hombro del viejo-
leería uno, entre tachones y borraduras
las escasas líneas del intento de poema
que a lo largo de la tarde ha escrito el susodicho:
aún sigo extrañando tu risa, tus manos, tu perfume, aurora
en los oscuros laberintos donde me refugio
para escapar al lacerante dolor de tu recuerdo
que me persigue desde...
a la izquierda del viejo está sentada
una mujer morena como de cuarenta tacos
flaca, pelo lacio, rasgos indígenas
su barbilla aun conserva
la firmeza de la piel joven
como si el hecho de haberse pasado
los últimos 25 años haciendo un promedio
de cuatro mamadas diarias
hubiera servido también
para fortalecerle los músculos debajo del mentón
"si no consigo que el pendejo -piensa ella-
se ponga las pilas y en lugar de estar
jugando al poeta enamorado, me lleve a culear
es capaz de fundirse todo el dinero en whisky"
el viejo, entretanto, le ha hecho
una discreta seña al cantinero
y cuando este se acerca pide otro whisky
"dijiste que era el último, pinche villa"
le reclama la mujer al alcoholizado vejete
acercándose a su oído para hacerse escuchar
por encima de las notas del narco corrido
que, a tres metros de la barra, desde las bocinas
de una reluciente wurlitzer del año
atruena el espacio entre lucecitas de colores parpadeantes
y un laser que rebota en las paredes del congal;
"me caga dejar un poema a medias, leylany
dame quince minutos y tómate otro whisky
o vete a ver si levantas a otro pendejo"
la mujer tuerce el gesto, decepcionada
y se empina lo que queda de su propio vaso
antes de escurrirse del asiento en dirección al piso
y deslizarse de rodillas hasta quedar encajada
entre las piernas del viejo, con su boca a centímetros
de la bragueta abotonada de su pantalón

pero tu boca no la extraño, aurorita, tu boca no
-aunque a veces quisiera volver a sentir en mis labios los tuyos-
¡ni puta mierda que la echo en falta, hija de la chingada!




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