viernes, 13 de noviembre de 2015

Del Blog del Pobrecito hablador del siglo XXI.

MIÉRCOLES, 11 DE NOVIEMBRE DE 2015


La felicidad de las piedras



“Me bastaría con dejarme llevar. Todo cuanto me ocurra por añadidura sería como la lluvia en un guijarro. Lo refresca y es algo que está muy bien. Otro día quemará porque le da el sol. Siempre me ha parecido que la felicidad era precisamente eso”
 
"La muerte feliz"
Albert Camus


Las olas apacibles de las playas del Mediterráneo bañan de brillo los guijarros que resisten a sus vaivenes. El agua les barniza y enlucen de viveza sus colores; algunas incluso  resplandecen; surgen de su superficie pulida  destellos engañosos que embaucan  a los niños porque al verlas relucir creen que se hallan ante  piedras preciosas, ágatas, gemas o esmeraldas. 

Ante tal ensueño, los adultos más crueles, aquellos que niegan a un niño el placer de la invención,  enseguida se apresuran a desalentarles, desvelándoles con extraordinaria propiedad intelectual  lo que los pequeños ya saben, que  un tesoro no es un tesoro si es  infinito y está al alcance de todos.

No hay año que no recoja de la orilla del mar unos cuantos guijarros. Me gustan los más lisos, no demasiado grandes, ovalados,  y ondulados, semejantes a monedas antiguas desgastadas por el tiempo, en las que ya no se distingue la efigie del César tirano, abandonadas con justicia a la erosión de las mareas. 

Al llegar a casa las dejo sobre la mesa. Para entonces ya se han secado. Han perdido la pátina húmeda del agua; se ha desvanecido el charol fraudulento al calor canicular del aire veraniego. Por eso, durante unos segundos suelo mirarlas con cierta decepción, porque no me resigno a creer que esas que están sobre la mesa  son las mismas piedras que yo recogí mientras mis pies se hundían en la arena y recibían el mismo frescor con que ellas se bañaban.

Pero pronto me repongo y asumo, sin más dramas, que  tengo unas cuantas piedras ovaladas, secas y sin lustre; unas cuantas piedras hermosas, lisas y suaves como un párpado durmiente; un puñado de piedras grises, blancas y negras que  colocaré sobre la estantería, una sobre otra, empezando por las más anchas, siguiendo con las más pequeñas,  superponiéndolas  hasta formar pequeñas torres de cantos en forma de pagoda. 

En ocasiones, cuando decido coger un libro o limpio con un trapo el polvo del estante, toco levemente, sin quererlo, mi torre construida con lascas de la playa, y  entonces, de repente, todo se derrumba. En ese momento, contemplando el hundimiento,  las piedras esparcidas me parecen la ruina del mundo y yo el último hombre de la Tierra.

Sin embargo, inmediatamente me repongo y en un instante me dejo llevar por  la expectativa feliz de invertir unos minutos de mi tiempo en levantar otra torre mínima, sirviéndome exactamente de las mismas piezas que  segundos antes no eran más que escombro y vestigio. Una torre única, diferente a la anterior, erigida con guijarros sin destellos, suaves como la página de un libro; frágil como el tiempo en libertad que de tanto en tanto- según me dicen- me he ganado, durante el que me permito el lujo de admirar unas cuantas piedras de felicidad.

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