sábado, 22 de agosto de 2015

Pobrecito hablador del siglo XXI

JUEVES, 30 DE JULIO DE 2015


Sinestesia (3)


Hay voces que acarician, y voces que arañan; voces generosas y voces pancistas. Incluso hay  voces mudas de estridencia insoportable ante las que nos tapamos los oídos y cantamos en voz alta, igual que niños  ahuyentando el miedo; igual que las avestruces, que sepultan las orejas para salvarse. 

La acaricia de una voz es el rumor de un gemido, el susurro leve de una palabra musitada en sueños. El pronombre y el verbo en la penumbra de la noche estival, apenas  sollozados al oído, justo en el momento en que la brisa llega a la estancia colándose entre el lino vaporoso de las cortinas sirviéndose de la luz desvaída del fanal. Así se alivia el calor de los cuerpos desnudos mientras, exhaustos, los amantes inspiran y expiran aromas compartidos, tan solo revelada su piel en el claroscuro lívido de la madrugada. 

Sin embargo, la voz que araña hiere con su roce y escuece con los días. La voz que araña suena aguda y agria. Quien la emite nos mancha la piel con su óxido de gritos, o nos destruye sutilmente, poco a poco, con la  lija constante de sus  mentiras. La voz que araña viste muchos rostros, unos temibles y otros cordiales. El arañazo de éstos últimos es ponzoñoso, de secuelas crónicas,  incurables.

Para evitar escuchar su sonido o en su defecto, prevenir las consecuencias de sus palabras, existen algunos remedios. Uno de ellos es hacerse con una voz generosa y aumentar su volumen hasta hacer  enmudecer a la otra. Sería algo así como una lucha de audiencias, en la que compiten por el mismo público la franqueza y la patraña. Muchos apostarían por la última. Y que nadie se extrañe. Es una campeona. Ha nacido para ganar.  Viste mejor, huele mejor, se contonea mejor, y su retórica es, a menudo, insuperable, porque prescinde del argumento y en cuanto se la somete a examen, desenvaina sus garras, finge, engaña y hiere a quien la ponga en evidencia. 

A menudo, esta voz, la voz que araña, se alía con la pancista. Ambas pueden llegar a formar un equipo imbatible y si se lo proponen, si en su alianza intuyen  buenas perspectivas de futuro, no dudarán en hacerse oír hasta convertirse en  hegemónicas, aunque para ello nos levanten a todos la piel a tiras. Hay algunos buenos ejemplos de voces pancistas, también llamadas oportunistas. Son voces biológicamente preparadas para el camuflaje, el disfraz y el disimulo.  Se las puede escuchar refinadas, por momentos alambicadas, incluso a veces apasionadas, y en público suenan igual que el run run sofisticado de un automóvil de lujo.

Pero hay a quien este género  de voz le parece curioso y se empeña en estudiarlo de cerca, en la intimidad de sus madrigueras, donde sus congéneres se  presumen a salvo de  taquígrafas y de la luz indiscreta. Esa labor de campo, paciente y reservada, a veces obtiene sus frutos, y nos desvela la verdadera naturaleza del sonido pancista: “Aquí estoy, tocándome los cojones,que para eso me hice diputado”; ¿a quién hay que chupársela? ¿A otro?, pues aotro. Vamos a por él,si siempre es lo mismo tío”; “por lo menos a alguien quepuedas chupársela que le conozcas...” 

En otras ocasiones, la voz pancista ha tomado su  forma escrita. Un buen ejemplo es el que regaló a los  buscadores de  voces el mismísimo presidente del gobierno, una de las voces pancistas más reconocidas por los biólogos:  “Luis, se fuerte”, le rogó la voz de Mariano Rajoy a otra eximia voz pancista.

Sin embargo, a pasar de que ya son muchas las veces que se ha desvelado la intimidad de sus sonidos, no parecen demasiado preocupados por las revelaciones constantes  sobre su verdadera naturaleza. Su voz sigue siendo firme, en apariencia convencida, en la forma  poderosa, y como quiera que su alianza con las voces que arañan es consistente y efectiva, prevén que nuevamente convencerán los oídos de unos cinco o seis millones de personas. Estúpidos de voz estúpida que se tapan las orejas sólo cuando escuchan voces generosas.

1 comentario:

  1. Todos necesitamos de una voz generosa que acaricie en duros momentos.

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