jueves, 16 de agosto de 2012

RAFAEL REIG. ESCRITOR.


Rafael Reig, blog, escritor, novelista, literaturaPues aquí pondré lo que se me vaya ocurriendo. Poca cosa, en general. Lo primero que se me pase por la cabeza. Lo que lea por ahí y lo que me cuenten en la barra de los bares o los amigos. Y si alguien quiere poner algo también, estupendo: no censuraré ningún comentario. Corrijo: sólo permitiré que se publiquen los comentarios que a mí me dé la gana y no daré ninguna explicación al respecto

Feliz con agravantes

El verano ya se acaba, quedan pocos días, y no he cumplido ni la mitad de los buenos propósitos que tenía.
Qué le vamos a hacer: feliz sí que he sido.
Siempre he creído que la felicidad es como un dios misterioso, porque es una y trina, y puede hacer acto de presencia con premeditación, con nocturnidad o con alevosía.
Es siempre la misma y la única verdadera, y a la vez también está en cada una de sus tres personas por entero.
Hay una felicidad que tiene que ver con la premeditación. Hay que tener un plan y hacer un esfuerzo, porque eso es lo que de verdad hace feliz: comprobar que, andando el tiempo, has conseguido lo que te habías propuesto, sea adelgazar o tener mejor humor, sea aprender alemán o dar paseos por la montaña.
Esta es la felicidad del Padre, la primera persona de la Santísima Trinidad de la Alegría.
No obstante,hay también una felicidad que tiene que ver en cambio con lo imprevisto y la tentadora nocturnidad, donde todos los gatos son pardos. La de dejarse llevar por lo que sale al paso, improvisar, no cumplir los buenos propósitos, hacer una travesura, porque eso es lo que de verdad hace feliz: abandonarse a lo que no deberías, sea pasarte una mañana bebiendo whisky o leer una novela de vaqueros, sea quedarse hasta el amanecer fuera de casa o participar de pronto en un campeonato de parchís.
Esta es la felicidad del Hijo, la segunda persona de la Santísima Trinidad de la Alegría.
Por último está la tercera persona, la misteriosa paloma , la menos comprensible de las formas de la divinidad, el viento del espíritu que sopla cuando quiere, la más gratuita, que se ofrece si le da la gana y nada podemos hacer por merecerla.
Es la felicidad que tiene que ver con la alevosía.  Es la que nos regala, cuando menos lo esperábamos, un placer casi delincuente, pero sin daño para quien lo comete, sea una noche loca o sea ese día que te quedas dormido y, al despertar, te enteras de que se ha cancelado la importantísima reunión que te has perdido.
Ésta es la felicidad del Espíritu Santo, la que ya ni siquiera concebíamos la esperanza de recibir.
He sido, pues, feliz con el auxilio de las tres personas y con su trinidad de circunstancias agravantes, feliz con premeditación, nocturnidad y alevosía.
He cumplido mis planes y los he incumplido, y también alguna vez el viento del espíritu se ha llevado al vuelo mi sombrero.
Uno de los muchos días felices ha sido la visita de mi sobrina Alicia.
Di que no está preciosa, si tienes valor, anda.
Así nos la dejaron sus padres, Helena Álvaro, con su mochilita y todo, a pasar unos días en Cercedilla.
Fuimos felices en el nombre del Padre, en el del Hijo y en el del Espíritu Santo.
Y cumplimos nuestros planes con ayuda de la persona del Padre, dimos paseos, le contamos cuentos y conseguimos que comiera pescado.
No fue tan difícil: en el bar pedíamos las aceitunas rellenas de anchoa.  Te lo recomiendo, cuando te dejen niños a tu cargo: así, si te preguntan los padres si ha comido pescado, puedes decir que sí y no mientes (del todo).
Porque el otro pescado, el que está fuera de una aceituna y además tiene espinas, a los niños les cuesta tragarlo.
Por eso mi hermana Maite le daba flash-golosinas, que alimentan una barbaridad, mucho más de lo que parece, y además se puede cantar a voz en cuello:
Flash-golosina, mi rico helado,
¡del congelador lo saco congelado!


Un día nos encontramos, sin embargo, en un contenedor de basura, una cocina de juguete. Era la felicidad en el nombre del Hijo. Dudamos un poco (décimas de segundo) y al final dijimos, qué caramba, ¡a casa con ella!
Nos la llevamos con nocturnidad, lo más deprisa posible.
A la puerta de casa la limpiamos un poco:

Con un presupuesto de dos euros fuimos al chino a comprar menaje del hogar.
Nos sobró dinero.


Aquí está Ali cocinando arroz, que nos ofrecía en dos modalidades: el que pica mucho y el que no pica nada.
Los dos estaban buenos, para qué te voy a mentir.
En cuanto a la felicidad del Espíritu Santo, tan misteriosa es que no se puede contar: basta decir que en su aparición desempeñaron un papel importante las canciones de Gabi, Fofó y Miliki que escuchamos en youtube y una película que Violeta y yo dejamos por la mitad.
Quizá la felicidad alevosa del Espíritu Santo, la peregrina paloma, es la que describía Ricardo Jaimes Freyre en aquel espectacular soneto de Castalia barbara:

Peregrina paloma imaginaria
que enardeces los últimos amores;
alma de luz, de música y de flores
peregrina paloma imaginaria.
Vuela sobre la roca solitaria
que baña el mar glacial de los dolores;
haya, a tu peso, un haz de resplandores,
sobre la adusta roca solitaria…
Vuela sobre la roca solitaria
peregrina paloma, ala de nieve
como divina hostia, ala tan leve
como un copo de nieve; ala divina,
copo de nieve, lirio, hostia, neblina,
peregrina paloma imaginaria…

El soneto se titula “Siempre...”, porque es, en efecto, una máquina sin fin, un móvil continuo,  un algoritmo incansable que genera transposiciones y metáforas.
Para mí que el poeta boliviano hablaba de lo mismo que yo…
Se acaba el verano, pero al menos puedo decir que hemos sido reos de felicidad con todos sus agravantes: premeditación, nocturnidad y alevosía.
Felices con la señal de la cruz bien hecha, in nomine Patris, et Filii, et Spiritus Sancti.

2 comentarios:

  1. Me gusta como escribes y te encontré de casualidad.Te dejo un abrazo con jazmines

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