jueves, 5 de julio de 2012

NEORRABIOSO. EL PUTO AMO. Y mi profesor de ortografía, me ha enseñado a poner las comas bien puestas.




jueves, 5 de julio de 2012


La última piña (III)



Lanzaba más fuerte y era mejor vaquero y los animales le preferían y todo lo hacía tan bien que empecé a incubar contra él un rencor soterrado que fue haciéndose cada día más intenso, pues entonces no toleraba las superioridades salvo con la idea secreta de superarlas, y en el caso de mi padre los años iban pasando y seguía acumulando derrotas, pues no otra cosa que derrotas eran sus maneras transparentes de dejarse ganar a pesar de sus fingidas excusas, hoy no es mi día, qué mala suerte, etc. Pero muchos años después de estas competiciones sucedió algo que colmó su paciencia y decidió no dejarse.

Tenía por aquellas fechas unos veinte años y mi habitual jactancia había alcanzado uno de los picos más altos de mi vida, pues en algunas facetas soy de un carácter contrario al de mi padre, que era muy parco en vanidades, al menos cuando estaba sobrio, y sólo se abandonaba a ellas para presumir de vez en cuando de su manido Puskas:

–Cuando yo jugaba al fútbol, todos me llamaban Puskas.
–Ya empiezas, aita.
–¡Eso es cierto! ¡Todos me llamaban Puskas!

A mí en cambio me gusta presumir. Lo mío no es un Puskas aislado sino un panal de Puskas. No lo puedo evitar. Apenas consigo una victoria menchevique o una alegría de medio pelo ya tengo que publicarla, quiero que se sepa, lo necesito. Me ocurre siempre, pero en aquellos años mucho más:

–Iratxe, pregúntame qué he sacado en Historia del Pensamiento Político.
–¿Qué has sacado?
–Así no, pregúntamelo bien.
–¿Qué has sacado en Historia del Pensamiento Político?
–Tampoco así, Iratxe, joder, tienes que preguntármelo como de casualidad.
–Vale, qué tonto eres, a ver, ¿qué hizo ayer el Barça?
–Ganó dos a cero al Málaga.
–¿Cómo llevas el trabajo de Sociología?
–Fatal. No he empezado.
–Bien. Por cierto, Alberto... ¿puedo hacerte una pregunta?
–Sí, claro.
–¿Qué has sacado en Historia del Pensamiento Político?
–¡Me alegra que me hagas esa pregunta, Iratxe! ¡Matrícula de honor! ¡MA-TRÍ-CU-LA DE HO-NOR! Fíjate qué examen habré hecho, que se rumorea que el rector está considerando la idea de crear una nueva nota, la SO-BRE-MA-TRÍ-CU-LA, para que la gente como yo no se frene en su evolución jajajajaja.

Esta jactancia afectaba por igual a los asuntos deportivos que universitarios o del caserío. Cuando cumplí dieciocho años, cuatro después de que me permitieran participar en las conversaciones de los mayores, me pareció una buena idea mostrarme cada vez más despreciativo con las opiniones y teorías conspiracionales de algunos aldeanos:

–Basterrechea, ¿y tú quién crees que está detrás de ETA?
–No lo sé, Higinio.
–Cuidado porque, según tengo entendido, debe andar Clinton detrás de todo.
–Qué tontería.
–¡Tontería no! ¡Alguien fuerte tiene que estar detrás de ETA! ¡Cómo crees que va a durar tanto ETA si no tiene apoyos fuertes detrás!
–A ver, Higinio, ¿eso se te ha ocurrido a ti solo o se lo has escuchado a otros como tú?
–¡Cuidado! ¡Lo he escuchado en la radio!
–Imposible, porque si dices eso en la radio te ponen una querella criminal.
–¿Querella criminal? ¿Qué es eso?
–Lo que os pondrían a casi todos los laurotarras si dijerais en la radio o en la televisión las barbaridades que decís aquí.
–¿Barbaridades? ¡Cuidado! ¡Yo sé mucho!
–Tú vete a la televisión y di que Bill Clinton apoya a ETA o que el Rey y Josu Ternera son amigos y verás lo que te pasa: al día siguiente te ponen ante un juez. Y tienes a toda Euskadi y España burlándose de ti.

Aquellas salidas mías comenzaron a molestar a mi padre, que empezó a preguntarme si no me daba vergüenza reírme de las personas mayores.

–Pensaba que en la universidad os enseñaban a ser prudentes –me decía.

No fue mi falta de prudencia lo que le hizo explotar, sin embargo, sino que abusara deportivamente de mis primos. Ese es otro detalle que me diferencia de mi padre: yo nunca me dejo ganar. Puedo dar ventaja si considero que soy superior, pero una vez concedida esa ventaja intento ganar con toda mi alma, lo mismo con los niños que con los mayores.

Aquella tarde me hallaba jugando contra dos de mis primos a frontenis. Ellos tenían nueve o diez años y jugaban con raqueta; yo lo hacía con la mano. No sé lo que ocurre en Madrid, pero en Lauros y en el Txorierri si te quedas en cero debes pasar por debajo de algo: de una mesa, de una furgoneta, de un futbolín, etc. Se me ha olvidado decir que a mí me entusiasma dejar en cero a mis competidores. Así lo hice. Gané 22-0. Ese fue mi primer error. El segundo error fue publicarlo:

–Veintidós a cero, qué paliza. ¡Y yo jugando con la mano! ¡Y vosotros con una raqueta! ¡La de bocadillos que tenéis que comer para ser un campeón como yo, jajaja!

Pasaba mi padre por allí y no debieron gustarle nada mis nuevas jactancias; mucho menos que dejara en cero a mis primos. Por entonces aún no nos llevábamos bien: yo no estaba dispuesto a tolerar sus barbaridades antivascas y él comenzó a darse cuenta de que mi afán competitivo, que me lo había enseñado él precisamente, estaba empezando a descarrilar por exceso:

–¿No tienes una pelota con más peso que las de tenis? –me preguntó.
–Claro –le dije, y le mostré algunas pelotas de mano, algunas de las cuales pesaban más de cien gramos.
–A ver. Trae una. A ver hasta dónde lanzas.

Me puse tenso. ¿De verdad mi padre me retaba? Todavía recordaba los desafíos que mantuvo conmigo cuando era pequeño; pero habían pasado casi diez años desde que lanzábamos piñas o piedras o manzanas; a partir de ahí nunca volvimos a jugar. Me entró un vacío grande dentro, el mismo que te nace cuando tienes que lanzar un penalti decisivo o en un partido de pelota el marcador está 21-21. De modo que me retaba. Era el momento de vengarme de aquellas humillaciones que me infligió de pequeño, pues no otra cosa que humillación es que alguien se deje ganar porque no te considera rival de su altura. Tomé aire, cogí carrera y lancé.

Lancé.

Salió la pelota rápida, recta, larga. Ya no era el lanzamiento de cuando tenía seis o diez años y tiraba en parábola con las manos y rodillas sucias, sino el lanzamiento de un joven de veinte años que por entonces jugaba al fútbol, al tenis, a pala, a pelota mano, a paddel, a ping-pong y a cualquier deporte desconocido al que me invitaran y saciara mi deseo de competir. Fue un lanzamiento notable, un buen lanzamiento, estaba orgulloso.

–Hala, a ver si superas eso –le dije.

Mi padre tomó la pelota. Se le notaba en sus ojos que no estaba seguro. El tiempo tampoco había transcurrido en vano para él: lo mismo que yo era diez años mejor, él era diez años peor. Y qué diez años: mi padre los había pasado fumando tres paquetes de ducados al día y bebiendo al ritmo que ya relaté de “póngame ocho o diez chiquitos mientras van llegando los amigos”. Lo tenía muy difícil. Cogió la pelota y lanzó.

Lanzó la pelota y la pelota salió ciega, directa, poseída.

Lanzó y la pelota fue subiendo poco a poco, como quince años antes, haciendo zium, zium, dando vueltas enloquecidas, como si hubiera trampa, como si avanzara ella sola más allá del impulso que le había propinado aquel hombre cascado, viejo, casi sesenta años, zium, zium...

–Ostras.

Por la noche estuvo serio, callado, con su tacita de whisky encima de la mesa, como si aún estuviera enfadado conmigo, mientras yo, en cambio, le daba vueltas al campeonato de tenis en la Azkartza que había ganado meses antes, o a mis hazañas en pelota a mano, o a mis partidos de futbito en la universidad. Por aquel tiempo tenía trofeos individuales en tenis, fútbol, futbito, baloncesto, cross, pala y pelota a mano. Era la reoca, era la hostia, era el puto amo, y sin embargo... De pronto mi padre abandonó su rostro serio y rompió a reír:

–Esto es grave. Pero muy grave ¿eh? Que tenga casi sesenta años y no seas capaz de ganarme... 
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