EL HIJO DE PUSKAS
No hay nada que hacer
–Hay una cosa que debes saber de tu padre, Alberto.
–Dime, tía.
–Tu padre fue algo muy grande, ¿me estás oyendo?
–Sí.
–Pero muy grande, ¿eh? ¡Algo muy grande!
Desde muy pequeño empecé a
escuchar de mis familiares y vecinos esta frase turbadora, tu padre fue
algo muy grande, y digo turbadora porque se deducía que mi padre ya no
era tan grande, mi padre se había convertido en otra cosa que nadie
sabía definir y que suscitaba una reticencia indisimulada.
–Basterrechea, ven aquí.
–Qué.
–¿Te han contado alguna vez lo que fue tu padre?
–¿Qué fue?
–¿No sabes?
–No.
–Pues acuérdate de lo que te digo: ni aunque vivas cien años conseguirás ser lo que fue tu padre.
Nunca me dijeron por qué motivos
fue tan grande, ni siquiera me citaron un solo ejemplo o me detallaron
alguna de sus hazañas, pero cada vez que mi padre se abandonaba al
alcohol en medio de las reuniones familiares y comenzaba a bramar contra
los vascos y el Partido, en aquellas arremetidas donde cualquier motivo
era bueno para acusarlos de inútiles o cobardes o poco inteligentes,
siempre sucedía que alguno de mis familiares, avergonzado ante los
ataques que profería y apiadándose de mis seis o nueve años, me llevaba
aparte y me repetía lo ya repetido:
–Alberto, tú nunca has conocido a tu padre, ¿me entiendes?
–Sí, tío.
–Éste no es tu padre. Tu padre fue un hombre de la órdiga, un vasco por los cuatro costados.
Hasta había gente en Lauros que
pensaba que mi padre se volvió loco a partir de los 45 años, loco de
verdad, no sólo figurado. Lo daban por tan imposible que tanto mis
familiares como algunos de mis vecinos dedicaron desde el principio todo
su esfuerzo a apartarme de la que consideraban su nefasta influencia.
El ejemplo que debíamos seguir mis hermanas y yo era mi madre, una
persona voluntariosa que asombraba a todos por su capacidad de trabajo, o
mi tío Hilario, el que vivía con nosotros, que estaba afiliado al
Partido y llevaba con tesón y normalidad las tareas cotidianas. Así
fueron consiguiendo que nuestra educación transcurriera lo más lejos de
su presencia, quien por otra parte tampoco trataba de influirnos en
nada, pero pronto comenzó a surgir un problema:
–Piedad, ¿qué tal Alberto?
–Bueno.
–¿Cómo que bueno? ¿No has dicho que saca buenas notas?
–Sí, saca notas muy buenas.
–¿No has dicho que ha empezado a jugar al fútbol en el San Lorenzo?
–Sí, de delantero centro.
–¿No has dicho que ayuda en la huerta?
–Sí, hoy mismo ha estado atando tomates.
–¿No has dicho que ayuda en la cuadra?
–Sí, ya ha empezado a repartir pienso en los pesebres.
–¿Entonces?
–Nada, Pilar. No hay nada que hacer. Ha salido a él.
Y era de contemplar, al decir la
palabra ÉL, cómo se hacía un silencio terrible y todos se volvían hacia
mí con una mezcla de terror y asombro, como si no se hicieran a la idea
de una carita de ángel como la mía con un destino oculto tan aciago,
pues ya me imaginaban siguiendo uno a uno todos los pasos de mi padre.
El asombro era más entendible si
cabe porque nunca me puse a favor de mi padre sino al contrario. Al
menos hasta los veinte años. ¿Cómo iba a defender a mi padre, si lo
consideraba culpable en todo? Él había hecho imposible la unión de mi
familia, nos había echado el pueblo encima, nos había aislado del
Partido, él era el responsable de que no supiéramos euskera, él nos
había convertido en tales apestados que en los corrillos de Lauros se
hablaba de Astobieta como de una sentina de desgracias. Cómo sería su
negatividad, que a los once o doce años, y a pesar de mi trayectoria
escolar hasta entonces inmaculada, mi madre fue llamada a tutorías por
los resultados que había dado en unos test psicológicos:
–No queremos preocuparla
innecesariamente, porque Alberto saca buenas notas y no crea problemas
en clase, pero ha arrojado un dato sorprendente en los test y creemos
que debemos comunicárselo. Tiene tan sólo dos puntos sobre cien en
sociabilidad.
–¿Cuántos?
–Dos
puntos sobre cien. Es el dato más bajo del colegio. Es un chico que se
aísla y experimenta rechazo a sus compañeros. Ni los alumnos más
conflictivos han dado un resultado tan malo.
Mi padre me hundía y nos hundía.
Cómo no iba a dar un resultado tan malo, si no recibí una muestra de
cariño en toda mi infancia. Mi padre estaba en el centro de todo y sin
embargo ejercía sobre mí una imantación imposible de rechazar. Esa
imantanción, que al principio se manifestaba contra mi propio deseo, fue
ganando terreno hasta convertirse en verdadera subyugación. Ningún
intento por apartarme de su ejemplo iba a dar fruto; a los veinte años
mis familiares me daban por perdido:
–¿Y Alberto?
–Nada, Emilia, va a ser otra calamidad.
–¿Pero Alberto ya ha empezado a fumar?
–No, todavía no ha fumado un solo cigarro.
–¿Pero Alberto ya ha empezado a beber?
–No, todavía no bebe nada.
–¿Pero Alberto ha empezado a ir a los bares?
–No, todavía no va a los bares.
–¿Pero Alberto ya se ha metido en algún lío?
–No, todavía no se ha metido en ningún lío.
–¿Entonces?
–Nada, Emilia. Ha salido a él. No hay nada que hacer.
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