lunes, 13 de febrero de 2012

Aproximación a una golondrina

Sobrevolando la ciudad, como un ángel soñado por niños, he visto la estatua de un príncipe feliz con la boca arqueada hacia abajo de un emoticono triste. A sus pies el aire levantaba del pedestal y volvía a dejar en reposo la pluma de una golondrina.


Este príncipe, según cuenta Oscar W., vivió una vida de juego y baile en el Gran Salón y luego, ya estatua, quiso ser otro. “Está bien jugar y bailar” pensó durante un tiempo “pero no todo se acaba aquí” Y recuerda con exactitud, o eso cree, el muro, ni demasiado alto ni demasiado bajo, lo bastante cercano, que le separaba del mundo mientras fue carne cruda. Nunca tuvo deseos de escalarlo e ir a inspeccionar el otro lado, y si los tuvo los silenció.



Ahora, para remediar su malestar y ser ese alguien ligeramente distinto que tiene en mente, al príncipe le conviene un cuerpo dotado de movimiento -como todo el mundo sabe las estatuas tienen graves dificultades a la hora de moverse, a menos claro está que se encuentren situadas en los laterales de la Rambla de Barcelona-, un cuerpo que se pliegue a sus órdenes. Para conseguirlo, desde las alturas se dirige a los hombres y mujeres de todas las edades conocidas que pasan por ahí. La respuesta es siempre muy parecida y vieja: lo siento, no puedo ayudarte, príncipe y añaden: tal vez cuando tenga vacaciones, o debo de preguntárselo a mi madre, o si mañana vuelvo a venir.

Esta aproximación podría muy bien acabarse aquí, después de poner sobre la mesa el tráfago y la falta de tiempo de las ocupadísimas gentes de hoy en día, pero resulta que hay una pluma de golondrina en el pedestal.

Disparemos pues.

La golondrina en cuestión venía de amores desengañada y se dirigía al sur. Cuando se paró buscando cobijo a los pies del príncipe, este le propuso que le ayudara a reparar las injusticias que gracias a los sucesivos desgobiernos del país, descubría en la ciudad mirara donde mirara. La golondrina le respondió que naranjas de la china, que ella ya había leído el cuento del tal Oscar y que no, que no, que ella no era un gato y que si gastaba su única vida acatando los deseos de otro, aunque fueran muy nobles, su vida quedaría por vivir y además, eso de cantar eternamente le parecía un poco cansado.

2 comentarios:

  1. En menos que canta un gallo, Loli.

    Besos.

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  2. Así me gusta, y ahora lo quiero todo aqui en cuanto lo saques de la chistera jajajaj Muchos besos y carámba con la golondrina, tiene las ideas muy claras, creo que como tú jajaja

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