Con Proust y sin gafas
Mis hermanos me idealizan, no cabe duda. Siempre me regalan ropa que me queda pequeña, deben de verme delgado y atlético. Violeta en cambio me compra todo de mi talla. No se hace ilusiones.
No tantas, al menos.
Estas Navidades no podía faltar la camisa que no fui capaz de abrocharme ni conteniendo la respiración.
Aún no he sido capaz de ir a cambiarla por otra de mi talla.
Como todos los años, ya sé que se quedará en el armario, esperando en vano a que yo adelgace diez kilos.
No sé qué es lo que me impide ir a una tienda y cambiar un regalo. Una fuerza superior a todas mis fuerzas. Pereza. Timidez. Vergüenza. Resignación. Simple fatalismo. Qué sé yo.
Así las cosas cómo voy a hacer propósitos de año nuevo.. Cómo voy a cambiarme a mí mismo. Cómo voy a tener la presencia de ánimo para pedir que me descambien la soberbia que tan mal me sienta y me den una humildad de mi talla. Cómo voy a descambiar el malhumor por una alegría sencilla que no me haga daño al andar ni me apriete y que pueda ponerme para ir a cualquier sitio sin hacer el ridículo.
Así estaba el 31 de diciembre de 2011, en Cercedilla:
Por la noche me fui a Madrid. Cenamos como siempre (almejas, lasaña, champán abierto de un sablazo, las uvas pasas del tío Mario, el calabazate cortado en láminas tan finas que puedan usarse de monóculo) y después de las uvas los más jóvenes se fueron al Wurlitzer a danzar y danzar, y Violeta y yo nos quedamos en casa de mi hermana Helena, velando el sueño de las tres niñas.
No habíamos llevado pijama, así que Viole durmió con mi camisa y yo en calzoncillos y camiseta de tirantes (a las que en casa llamamos siempre “camisetas de hombre bueno”: me las pongo para disimular).
Me desperté a las siete menos cuarto, me desayuné con queso y uvas (que serían meses que nos sobraban a todos) y descubrí entonces que me había dejado las gafas en casa.
Que tribulación tonta, qué vicisitud tan vana, pero el caso es que no podía ni leer ni escribir.
Intenté poner la tele, pero no supe. Mi hermana y Álvaro, unos early-adopters de tecnología, no tienen nada que yo sepa poner en marcha sin mucha ayuda. Tampoco pude poner una película. Ni siquiera oír un disco. Demasiado complicado para mí.
Así que pensé en grandes cambios en mi vida, irreversibles.
Pero, como decía Proust:
Ce n’est jamais qu’à cause d’un état d’esprit qui n’est pas destiné à durer qu’on prend des résolutions définitives.
Como quien dice que las resoluciones definitivas sólo se toman a causa de un estado de ánimo que no está destinado a durar.
Porque tarde o temprano yo recuperaría mis gafas, ¿no?
¿Cómo va a cambiar su vida por otra de su tamaño un tipo que no es capaz de ir a que le cambien una camisa por otra de su talla?
Recordé otro trozo de Proust (el que no tiene gafas, tiene que tener memoria):
Nous travaillons à tout moment à donner sa forme à notre vie, mais en copiant malgré nous comme un dessin les traits de la personne que nous sommes et non de celle qu’il nous serait agréable d’être.
Que nos vendrá siendo, digo yo: trabajamos en todo momento para dar forma a nuestra vida, pero copiamos a nuestro pesar como un dibujo los rasgos de la persona que somos y no los de aquella que nos resultaría agradable ser.
No tenemos remedio.
El arrepentimiento está bien, pero lo malo es que, como dijo un poeta: “más que el propósito de enmienda dura el dolor de corazón“.
Por la ventana miraba la inacabable fiesta que tenían montada los vecinos de enfrente, que son filipinos. Seguían bailando como en la película aquella: Danzad, danzad, malditos.
Con las manos a la espalda y el primer whisky del año 2012 un impostor con camiseta de hombre bueno miraba la fiesta de otros, al otro lado del cristal, y me repetía este consejo o advertencia sin sentido: Pero mira cómo bailan las tagalas, mira, mira las zagalas cómo bailan, mira, mira, etc.
Y así hasta que, a eso de las once, se despertó Violeta.
–Enchúfame algún cacharro, amor.
–¿Cuál?
–El que más rabia te dé.
Intentó sin éxito poner una película que encontramos por ahí y que nos gustó bastante hace años (Medianoche en el jardín del bien y del mal).
Al final sólo consiguió hacer funcionar el tocadiscos, así que pusimos (no muy alto, había tres niñas dormidas al fondo del pasillo) a Frank Sinatra.
Bailamos descalzos, pero con medias y calcetines, deslizándonos sobre el parquet, en ropa interior, frente a la ventana que daba a los filipinos incansables.
A la tercera canción (no era My Way, esa fue la primera; sino The Best Is Yet To Come) vi por encima del hombro de Violeta que los vecinos habían interrumpido su fiesta sin fin.
Estaban de pie, inmóviles, con la cara pegada al cristal de la ventana, mirándonos bailar a nosotros.
Así es la vida.
A partir de cierta edad, uno ya no puede descartarse.
Hay que aprender a jugar sin buenas cartas y sin trampas.
Llegué a Cerce ayer, ese primer día del año, y recuperé mis gafas.
¿A que no cambié nada del último día de 2011 al primero de 2012?
Como decía Proust:
Nous ne connaissons jamais que les passions des autres, et ce que nous arrivons à savoir des nôtres, ce n’est que d’eux que nous l’avons pu l’apprendre.
Algo así como: sólo conocemos las pasiones de los otros, y lo que llegamos a saber de las nuestras, es de ellos de donde hemos podido aprenderlo.
O como lo tradujo con más elegancia Juan Benet, cuando se preguntaba: si no fuera por los demás, ¿qué sabríamos de nosotros mismos?
Rafael es como si fuera de la familia, tan cercano, tan fácil de leer. Que suerte tuve el dia que lo conocí, es un genio de las letras.
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