El mito y la furia (VII)
Decidí seguir. Siempre hay que seguir, no queda otra. O sí, porque hay alternativas que generalmente solemos despreciar gracias a la idea pregonada una y mil veces que nos convence de lo valiente y lo honrado que es escoger la opción más difícil. Nos han persuadido de que el esfuerzo nos mejora, nos fortalece, muscula nuestra moral y nos proporciona, más tarde o más temprano, la recompensa redentora. Y entonces, nuestras dudas, las flaquezas, los sinsabores y la piel que hemos ido dejando por el camino fertiliza la tierra y todo cobra sentido porque a la postre resulta que somos mejores. Así, en general, dicho a las bravas: que somos mejores. Creo que la frase-sin el artículo neutro de por medio- se refiere a ser mejores personas, aunque también puede ser, en términos consultores, que se refiriera a ser más profesionales, más competitivos, más productivos, más rentables. Y creo que también podría indicar tener más dinero, lo que en estos tiempos se ha venido en llamar mejorar la calidad de vida, aumentar el poder adquisitivo o permeabilizar a la inversa nuestra posición en la pirámide social.
Sin embargo, pocas veces uno de estos frutos del árbol del sacrificio madura en la misma rama. Yo quise explicárselo a mi hijo, pero no entendió nada. Quiero decir que intenté explicarle que para llegar a ser mejores hay alternativas al sacrificio, al trabajo duro y a la pura, simple y llana honestidad del pobre. Pero no entendió nada.
Mi hijo nació al poco de que yo empezase a estudiar en la universidad. No era el momento adecuado, pero había que seguir, siempre hay que seguir, y más cuando un futuro propio y al mismo tiempo ajeno irrumpe en tu vida, casi sin permiso, y hay que ocuparse de él, a todas horas.
Mi hijo creció, y a la que pudo, se largó de casa. Ahora, a veces, pienso en él, aunque no demasiado, porque me debilita. Pensar en mi hijo, en las causas de nuestro desencuentro, en lo que hice bien ó mal, en lo que dejé de hacer por él, o en lo que él dejó de hacer por mí, me resta la fuerza que ahora necesito.
Desapareció después de dar un portazo y de que yo le dejase las marcas de mis uñas en el cuello. A mí me dejó un bonito recuerdo en el pómulo izquierdo. Me lanzó su puño joven, impetuoso. Yo intenté esquivarlo y al moverme hacia atrás el escarabajo de plata que lucía en el corazón me rasgó la piel de la cara y la sangre de su sangre fluyó por ella. Todavía recuerdo el escozor que sufrí durante semanas. La herida cicatrizó bien pero cuando el sol me da mucho tiempo seguido, emerge hacia la piel desde nuestra intrahistoria, como si fuese el trazo corto, apenas esbozado, del carmín rosado de un pintalabios; una señal leve, transparente, casi imperceptible, nacida del vértice del ojo izquierdo que va a morir en el punto donde se inicia la pendiente del pómulo. Así es como ocurre. Así es como sé que cuando el sol ilumina mi cara durante unos cuantos minutos él se acuerda de mí.
Por supuesto, el suceso me costó el divorcio. No ha nacido todavía el Nerón que desmienta y pueda hacer nada contra el mito de la maternidad. Pero no quiero seguir hablando de mis fracasos como padre. Ya irá saliendo toda la mierda. Cada cosa a su tiempo. Antes de poner en la picota otro mito aparentemente invencible, el de la paternidad, tengo el deber de destrozar algunos más. El deber de confesar, o mejor, de examinar mi conciencia y de hacer públicas unas cuantas mentiras a través de mis decepciones; desmentir, desbaratar los grande mitos que hasta ahora han sustentando mi vida. Ya casi me da igual que esta catarsis sea colectiva, que a ella se sumen otros, o que el riesgo que tomo y la valentía que invierto en poner mis desengaños a secar sirva a mis semejantes. Yo sé lo que tengo que hacer, y lo hago exclusivamente por mí. Estos capítulos, la narración y la descripción de todos y cada uno de los hundimientos que he experimentado es solamente el primer paso, el encofrado sobre el que levantaré el plan para redimirme y tomarme cumplida venganza y preparar meticulosamente todo lo necesario para que nada falle en los días venideros de la furia.
“Riman los sueños y los mitos, con los pasos del hombre sobre la Tierra” escribió León Felipe. “Y más allá y más arriba de la Tierra. Nos lleva una música encendida que hay que aprender a escuchar para moverse sin miedo en las tinieblas y dar a la vida el ritmo luminoso del poema”, sentenció el poeta. Pero ¿Qué hacer cuando llegados a la mitad del camino no hay rima, los sueños se han desmochado y una sombra desvela la mentira del mito asonante?. Que ya no hay música, ni fuego, ni poema, ni sueños. Entonces queda solamente la evidencia mendaz de un futuro empaquetado y enlazado con nuestros colores favoritos, para que no cunda la sospecha y sigamos, porque siempre hay que seguir.
Dicho lo cual, creo que ha llegado la hora de darme a conocer. Que no cunda el pánico. No soy el primero ni seré el último de la historia humana que muestra, disponga o utiliza dos caras. Los ha habido célebres y también anónimos. Millares. Digo esto porque a partir de ahora va a asomar otro registro, otra- digamos- manera de decir o de contar, de explicar, de pensar y de actuar utilizando un grupo semántico un poco más adecuado a lo que está por llegar. Lo cual no significa que renuncie a la calma, a la paz de los sentidos, al sosiego de la memoria adormilada. Una y otra forma nacen de la misma lucidez, de un mismo ser, pero ambas pertenecen a futuros antagónicos.
De modo que aunque este no sea mi nombre, podéis llamarme Adan, un cuarentón avanzado al que le cuelga la grasa a babor y a estribor. A fuerza de mirar a los ojos de la gente para constatar mi propia presencia, de reclamar la reciprocidad reconfortante de una mirada que me redima del paso del tiempo, de los mitos, de la fealdad y de la actualidad, me he llevado demasiadas veces un par de hostias. Qué tontos somos, qué feos y qué tontos somos, coño, y qué viejos nos hemos hecho. No hay nadie que se salve: viejos como momias, más feos que Picio y tontos del culo. Juventud, belleza y futuro han pasado a ser para un servidor un recuerdo vago, difícil de cotejar; un estado lejano en el que ocurrieron sucesos en primicia. Más allá de eso, nadie que se cruce conmigo en la vida con procesos de regeneración celular, constantes vitales entre 12 y 8, coeficiente crítico de inteligencia notable, dos cojones para quejarse y una frecuencia sexual superior a la unidad semanal, posee corporalidad, personalidad, futuro, nombre y presencia sobre la tierra.
Por eso, a estas alturas de la vida, ya he renunciado a navegar contra corriente y asumo mi condición, mi clase y el sentido de esta vida, una sucesión degenerativa de procesos biológicos con fugas de energía que se transforma pero cómo y de qué manera y a dónde va a parar. La vida, como un puto banco cántabro. Ahí tenemos a Indalecio Bot, tan seguro de sí mismo, feo igual que yo, como un pulpo en salsa, pero más viejo, y ¡cómo le miran al pasar!.
La vida de Bot –los íntimos le llaman In- es otra vida. Ya no depende de si tienes cuarenta, o cincuenta, o de si se te descuelga la papada, o no se te pone dura. Porque cuando tienes tu apellido en el diccionario del Word, con todas las letras bien puestas, has llegado a lo más, estás en la cima. Desde allí ves el mundo trajinar su supervivencia; ves a tus congéneres pasarlas putas para superar las pruebas que tú mismo diseñas. Porque eres el amo, y haces y deshaces y aquí no chista ni Dios.
Continuará
Muy bien descrita la situación social actual, una combinación de rabia, decepción, miedo, resignación. No diferencia mucho a la del siglo pasado, tampoco de los anteriores.
ResponderEliminarHay algo que los "poderosos" saben, les asusta y se les escapa de las manos: la indignación, que la gran mayoría de las personas comience a verles como seres absurdos, inútiles y parásitos de la sociedad, sumado a la rapidez con la que podemos comunicarnos y organizarnos como una gran masa, una avalancha humana.
No hay que llegar al conformismo, no es lo que nos pide nuestra Madre Tierra, ella es sabia.
Hay una sensación muy generalizada, una sensación de cambio, esa sensación, creo, es la necesidad de dar ese pasito en la evolución como sociedad y como parte de la naturaleza que somos.
A esos poderosos se les está acabando el chollo, las conciencias están
ResponderEliminardespertando y el cambio social es inevitable. Pobrecito sabe en sus
personajes reflejar fielmente lo que está sucediendo. Es un gran escritor
este Pobrecito, es un hombre conocedor de la realidad social y eso se
nota cuando escribe. Salud.
Me he apuntado a tu blog. Quiero tenerlo a disposición para repasar tus escritos con más calma. Me encandila esta historia del mito y la furia, pero tendré que empezar por el principio.
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