EL HIJO DE PUSKAS: Los ovnis llegan a Lauros
Antes de que Aitor Larrazabal se
convirtiera en jugador del Athletic de Bilbao y comenzara a aparecer
con frecuencia en las noticias con la coletilla de “el lateral izquierdo
de Loiu”, sólo recuerdo dos ocasiones en que Lauros consiguiera figurar
en los medios, aunque solamente fuera en reseñas hundidas en las
páginas interiores de los diarios. La primera fue cuando el escritor y
ocultista J.J. Benítez viajó para contrastar las afirmaciones asombrosas
de Juana, del caserío Ibaiondo, que juraba haber visto un ovni. La
mayoría de los aldeanos no sabía quién era J.J. Benítez:
–Astobieta, ven aquí.
–Dime.
–¿Quién es ese hombre famoso que ha venido a hablar con Juana?
–J.J. Benítez, uno que escribe sobre ovnis y cosas ocultas.
–Pero..., ¿cuántos libros ha escrito?
–No sé. Más de veinte.
–¡Veinte libros! ¡Cuidado!
Las preguntas sobre el número
eran habituales; en Lauros nada era lo bastante noticiable si no llevaba
la etiqueta de lo “grande”. Creo que por ahí venía la tendencia a la
exageración y la fábula: un vaquero no podía ser bueno si sólo tenía
tres vacas, un campesino no podía ser bueno si sólo sembraba una peonada
de alubias tolosanas, un cazador no podía ser bueno si volvía sin una
sola malviz, y en ese plan. Cuando Higinio se enteró por mi dubitativa
boca de que J.J. Benítez había escrito más de veinte libros, ya tuvo
suficiente para amenizar durante semanas a los cazadores que pasaban por
Goikoetxe cuando se dirigían al monte:
–¡La bomba atómica! ¿Ya sabéis la noticia?
–¿Qué noticia?
–Ha
venido a Lauros un escritor a hablar con Juana. Pero no cualquier
escritor, ¿eh? ¡No cualquier escritor! ¡Uno que ha escrito veinte
libros!
Y decía la palabra “veinte” como
si pegara un sartenazo, elevando la voz como si los cazadores se
encontraran a kilómetros o se hubieran quedado sordos. Todavía minutos
más tarde, cuando los cazadores conseguían seguir camino arriba después
de aguantar la media hora mínima de charla–plomo obligatoria, Higinio
les seguía gritando la misma matraca desde lejos:
–¡Veinte libros! ¡Cuidado! ¡No es cualquier escritor! ¡Veinte libros!
Cuando J.J. Benítez llegó
finalmente a Ibaiondo con la intención de entrevistar a Juana, la
mayoría de los laurotarras se habían mofado tanto de ella que el
ocultista se la encontró a la defensiva:
–No quiero hablar con usted porque nadie me cree y todos se ríen de mí.
–Usted tranquila, que yo sí la voy a creer.
La mayoría de aldeanos se había
puesto en contra y yo creo que había algo de envidia en todo aquello. De
pronto comenzaron a salir otros aldeanos diciendo que ellos también
habían visto ovnis en otros tiempos, o que los habían visto sus difuntos
padres o abuelos. El que más se significó en esta línea fue Valentín,
que vivía en la casa más alta de Lauros, justo en la punta del monte que
separaba Lauros de Sondika. Como casi todos los aldeanos, Valentín
llamaba “onis” a los ovnis:
–¿Onis? Yo he visto onis a punta pala. Y son listos ¿eh? Listos a base de bien.
–¿Listos?
–Más que el hambre. Hace unos meses hubo uno que se posó ahí, justo al lado de los manzanos, y yo le dije: Kanpora, kendu hortik!, y se fue en el acto. Hasta euskera saben, fíjate si serán listos los onis.
Por supuesto que Valentín era de
la cuerda de Higinio, Marcelino o mi padre, esto es, un hombre
talentoso y solitario muy dado a la fabulación. Este detalle lo advertí
muchas veces y es casi una tesis de este libro: cuanto más talento posee
y más solo está un individuo, más inclinado parece a inventarse
historias asombrosas cuyo único testigo es él mismo, sólo con el deseo
de llamar la atención. Por otra parte, la cercanía del aeropuerto de
Sondika le daba a Valentín derecho a ver todos los ovnis que le daba la
gana, pues yo mismo vi durante mi juventud infinidad de luces extrañas
en el cielo o cerca del monte, luces que al cabo de los minutos se
demostraban como propias de las docenas de modalidades de los aviones
comerciales, que a veces debían dar una vuelta por encima de Lauros
antes de aterrizar. En cualquier caso, la envidia contra Juana y la
fiebre ovni llegó a tal punto que mi padre se lo empezó a tomar a
cachondeo:
–Como ese escritor se quede una
semana y empiece a preguntar por los caseríos, ya tiene para otros
veinte libros de onis. Veinte libros sólo en Lauros, fíjate lo que te
digo.
Pero ya digo que era envidia,
porque la misma visión que tuvo ese día Juana la habían compartido otros
testigos en otras partes, y el propio observatorio del aeropuerto de
Sondika había visto un punto extraño en el cielo, circunstancias que
propiciaron la llegada de J.J. Benítez, aunque parece que al final la
versión de Juana no le convenció y no apareció en ninguno de sus libros,
lo que rebajó todavía más el ya decaído prestigio de Juana, caída
pequeña si la comparamos con la que iba a experimentar cinco o seis años
después cuando afirmó que había tenido otra aparición, esta vez de la
virgen, lo que suscitó la rechifla general, pues no podía ser que todas
las apariciones le sucedieran a ella. Sin duda chocheaba: Juana contaba
ya con más de setenta años y estaba muy impedida para andar. Todavía
mucho tiempo después de que Juana muriera, dos o tres años más tarde, mi
vecino Jesús, cínico impenitente y la única persona que conocí en
Lauros que no creía en Dios, seguía riéndose con este asunto:
–Se le “apareció” la muerte. Primero el ovni, luego la virgen y luego la muerte.
Aquel ovni, sin embargo, fuera
de verdad o de mentira, se constituyó en uno de los acontecimientos que
mayor impresión causaron en mi infancia y adolescencia, pues no recuerdo
que Lauros hubiera sido importante para nadie hasta entonces. Ni
siquiera el pueblo, que entonces se llamaba Lujua, era nada conocido.
Que un escritor famoso como J.J. Benítez viajara hasta Lauros, que por
entonces contaba con una carretera de un solo carril, y nos tomara en
serio era increíble. Recuerdo que aquel año mi imaginación se encontraba
tan en alza que hasta me levantaba cuando oía cualquier ruido y me
quedaba mirando largamente por la ventana, al acecho de cualquier ovni.
Más tarde, cuando comencé en el Instituto de Derio, me leí algunos
libros del escritor y otros sobre ocultismo, cristología, triángulo de
las Bermudas y en ese plan. Quería saber cómo eran los diferentes tipos
de ovni, las anatomías de los extraterrestres, las formas de comunicarme
con ellos, todo. Quería estar preparado porque aquella historia de
Juana me había enseñado que lo importante, más que ver realmente un
ovni, era hacérselo creer a J.J. Benítez.
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Lo que escribe Neorrabioso no tiene desperdicio. Se disfruta. Abrazos.
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