La seguridad, ay de mí, ay de ti,
ay de todos, no existe, no, no existe. Puede muy bien ser que en un día
soleado, esplendoroso, primaveral, magnífico, salgas a la calle muy
feliz, risueña, optimista, reconciliada con el mundo: ¡Oh! qué bonito es todo, qué precioso y cuán maravilloso,
entres en el bar de siempre, el de la esquina, tu favorito, a tomar un
cafetito, te encuentres, ay de mí, ay de ti, ay de todos, con el
troglodita de turno, y que así, sin más, el troglodita de turno
hablando, por ejemplo, de política, vocifere enfebrecido y muy seguro de
sí mismo (para él la seguridad sí existe): Con
Franco vivíamos mejor, mucho mejor, ahora más que libertad hay
libertinaje, los valores de siempre, los eternos: la religión, la
familia, la decencia, han desaparecido, ya nada es lo que era, gracias a
Dios aún tenemos a Aznar, sus acólitos, y nuestros beneméritos obispos.
Y puede muy bien ser que, ay de mí, ay de ti, ay de todos, aún sabiendo que todo es relativo y la seguridad no existe, sabiendo también que discutir con este hombre es un acto perfectamente inútil, te levantes, soliviantada, de la mesa dejando a un lado tu exquisito cafetito y la no menos exquisita tapita de tortilla, a poder ser rellena de patatas y unas cuantas cebollitas, le digas: Oiga, señor, es usted un repugnante fascista troglodita, no tengo por qué oírlo, se me está indigestando la tapita, y que, ay de mí, ay de ti, ay de todos, el repugnante fascista troglodita, en un alarde de encendido patriotismo y por una simple controversia que en realidad no es simple porque, aún sabiendo que la seguridad no existe, sigues defendiendo, a pesar de todo, tus principios, saque, ay de mí, ay de ti, ay de todos, en un abrir y cerrar de ojos, una navaja del bolsillo, te la clave en pleno pecho, y exhales tu último suspiro.
La seguridad, ay de mí, ay de ti, ay de todos, no existe, no, no existe. Los fascistas trogloditas sí: mucho cuidadillo.
Y puede muy bien ser que, ay de mí, ay de ti, ay de todos, aún sabiendo que todo es relativo y la seguridad no existe, sabiendo también que discutir con este hombre es un acto perfectamente inútil, te levantes, soliviantada, de la mesa dejando a un lado tu exquisito cafetito y la no menos exquisita tapita de tortilla, a poder ser rellena de patatas y unas cuantas cebollitas, le digas: Oiga, señor, es usted un repugnante fascista troglodita, no tengo por qué oírlo, se me está indigestando la tapita, y que, ay de mí, ay de ti, ay de todos, el repugnante fascista troglodita, en un alarde de encendido patriotismo y por una simple controversia que en realidad no es simple porque, aún sabiendo que la seguridad no existe, sigues defendiendo, a pesar de todo, tus principios, saque, ay de mí, ay de ti, ay de todos, en un abrir y cerrar de ojos, una navaja del bolsillo, te la clave en pleno pecho, y exhales tu último suspiro.
La seguridad, ay de mí, ay de ti, ay de todos, no existe, no, no existe. Los fascistas trogloditas sí: mucho cuidadillo.
Pongo un relato de una nueva amiga de la que no doy su nombre completo porque espero a que ella lo dé, si le parece, en próximas entradas, ya que estoy seguro de que será invitada y que nos deleitará con muchas de sus extraordinarias cosas.
ResponderEliminarGrande Maria, soy Baku.
ResponderEliminarHola Vigilante!!!
¡Hola Miguel Angel! Ahí estamos intentando organizarnos. Te avisaré muy pronto.
EliminarRecibido ;)
ResponderEliminarBuen relato María, y te queremos en el Nido cuanto antes. Besos.
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